LA PRIMERA TAREA DEL PROFESOR DE LENGUA, José Antonio Marina y María de la Válgoma


(La magia de leer, Plaza Janés, 2005)

“Nos gustaría encargarte un misión in partibus infidelium, en terreno de infieles o al menos de incrédulos. Nos gustaría que convencieses a tus compañeros, los profesores de otras materias, de que el fomento de la lectura no es tarea exclusiva de tu departamento, sino de todos. (…) desearíamos que en cada centro educativo se urdiera una “conspiración de lectores”, “un tenaz proselitismo del leer”, cuyos iniciadores deberíais ser los profesores y profesoras del departamento de Lengua, junto con la persona encargada de la biblioteca, cargo que debería establecerse en todos los centros de enseñanza. El centro entero tiene que estar implicado. (…)

En todas las asignaturas se debe enseñar a leer, como efecto colateral. Los adolescentes ya dominan la mecánica de la lectura, saben descifrar los signos, pero eso no es leer. Leer es comprender lo que se lee. Para ello necesitan, entre otras cosas, aumentar su vocabulario. Wittgenstein lo dijo de manera contundente: “Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo”, por eso, como educadores –y no hay que olvidar que todo profesor lo es, sea cual sea su asignatura—tenemos el deber de ampliar su mundo. O, al menos, de intentarlo.

La ausencia de lectura no sólo empobrece la mirada, sino también la expresión, y por eso gran parte de los jóvenes no saben expresarse. Con frecuencia, cuando señalamos un error a nuestros alumnos universitarios que vienen a revisar sus exámenes, nos dicen: “Ya, pero es que lo que yo quería decir…” (…)

De hecho, las estadísticas nos dicen que los alumnos leen menos según avanzan en la secundaria. Tropezáis con una misión imposible: obligar a leer y hacer amar la imposición. Vosotros tenéis que enseñar el rostro más seco del lenguaje –la gramática—y otro rostro hermoso pero no para los alumnos –la historia de la literatura--. Es muy difícil atraer a la lectura a través de los clásicos, creadores fascinantes pero con frecuencia lejanos. (…)

Esta campaña de incitación a la lectura de todo el claustro es previa a la dirigida a los alumnos. Casi siempre deberá ser iniciada por el departamento de Lengua y Literatura, pero nos parece tan importante establecerlas de una manera constante y sistemática que llevamos mucho tiempo insistiendo sobre la necesidad de que en todos los centros de enseñanza secundaria no sólo haya una biblioteca, sino un bibliotecari@. Un@s bibliotecari@s muy peculiares, porque han tener una clarísima e innovadora función docente. La biblioteca debe ser, por supuesto, centro de información, pero tiene que ser también un punto de irradiación lectora, un centro de animación cultural.

(…) Y tenemos que acercarnos con la voz a estos adolescentes a los que no les gusta leer, no sólo por la tele, o por la videoconsola y sus juegos, activos y divertidos, sino porque hemos matado el inicial gozo de la lectura a base de fonemas, morfemas, cartas marruecas y análisis varios. ‘¿Y si en lugar de exigir la lectura, el profesor decidiera de repente compartir su propia dicha de leer?’, se pregunta Pennac.

Es la primera receta mágica. Pues de eso se trata.
De que les leamos nosotros si ellos no quieren leer. Nos dirás, y con razón, que está el programa, que tienen que hacerse comentarios, porque luego se lo pedirán al llegar a selectividad. Todo eso es cierto, pero sólo te pedimos que “te lo saltes”, un día a la semana, que será el día de lectura. Si el experimento resulta bien, como nosotros creemos, tendrán mucho más interés y aprenderán después más rápido. Sabemos que has estado muy de acuerdo mientras decíamos que los padres deberían leer cuentos a sus niños, que los profesores de primaria deberían seguir leyendo cuentos a adolescentes, a los adolescentes de hoy… y piensas que ahí querrías vernos a nosotros. Es lógico. Pero sólo te pedimos que lo pruebes, que hagas el experimento. (…)

Pero por mucho que hagamos es posible que nuestros alumnos sigan sin querer leer. No importa, tenemos que intentarlo. Un profesor debe ser optimista, debe ser inasequible al desaliento, (…)

La tarea de educar es una tarea tan grande como ilimitada. Nunca tenemos los resultados asegurados. En eso se parece a la del agricultor. Hay que plantar la semilla, y luego regarla, abonarla, cuidarla. Pero no depende de nosotros que fructifique, y que cuando lo haga sea con los resultados apetecidos. Debemos ser humildes. Sea cual sea el resultado tenemos, como profesores, la obligación moral de intentarlo con todo nuestro empeño y nuestra pasión. Se trata, sí, de un acto de amor”.



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Visto y leído en: Textos para la lectura (pdf)

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